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22/06/2005 - Gabriel Calzada
Una película de buenos y malos

Una película de buenos y malos

Cien años después de la apertura de las primeras salas de proyecciones cinematográficas en los EE.UU., una nueva innovación empresarial trae savia fresca a una industria cuyos días parecían contados. Se trata de la digitalización de las proyecciones comerciales. En principio, la empresa estadounidense Avica ha elegido Irlanda para llevar a cabo el desembarco y despliegue de 500 proyectores digitales que sustituirán a los clásicos cinematógrafos de 35mm.

El ingenio empresarial y la grandeza de la libre competencia aparecen una vez más cuando todo parecía decidido para la desaparición de todo un sector. La idea consiste en replicar lo que miles de individuos están realizando independientemente a través de sus ordenadores conectados a Internet y de pequeños proyectores digitales, pero con una calidad muy superior. Imaginen la diferencia entre la logística de la distribución de las bobinas de 35mm y la descarga de una película a través de una red de comunicación digital. Por no hablar del mantenimiento de un proyector mecánico de celuloide frente al que requiere un moderno proyector digital. Estos cambios suponen tal ahorro que bien puede surtir el efecto de un balón de oxígeno capaz de salvar a un enfermo que a todas luces parecía terminal.

Para sorpresa de muchos cineastas y cinéfilos, es nuevamente el espíritu empresarial, y no el estado con sus subvenciones, quien mantiene vivo el séptimo arte. El estado se limita a mantener con el dinero que le quita al consumidor algunos productos o procesos de producción cinematográficos que el consumidor no desea costear. Cuando la subvención pública va dirigida a un proceso de producción cuyo consumo de recursos escasos es considerado excesivo por el consumidor, el estado tan sólo puede hacer como hace con la minería del carbón: mantener un sector de zombis.

Por desgracia, el intervencionismo puro y duro también se han cobrado importantes víctimas en este arte. En efecto, las regulaciones medioambientales han contribuido a acelerar la desaparición una de las más preciadas aportaciones que la industria del cine trajo al mundo para disfrute de generaciones de cineastas y espectadores. Un formato revolucionario, la película sonora de Super 8mm, tanto por el tamaño y la calidad de la imagen como por las posibilidades casi profesionales que ofrecía por un módico precio, fue introducido en el mercado por la casa Eastman Kodak en el mes de abril de 1965. Desde entonces, ha sido uno de los soportes más populares de la historia del cine, con el que han aprendido la inmensa mayoría de los directores contemporáneos, con el que aún hoy se trabaja en numerosas escuelas internacionales de cinematografía y con el que se producen muchísimos videoclips musicales.

El popular Super 8 sonoro dejó de producirse a finales de los 90, lo que llevó a la autoproclamada progresía cultural a hacer campañas exigiendo el reinicio de su fabricación y acusando a Kodak por la paralización de su producción. Sin embargo, Kodak no abandonó alegremente a sus clientes. De hecho, el pasado 9 de mayo anunció, coincidiendo con el 40 aniversario de su comercialización, que ante la drástica caída de la demanda casera del Super 8 mudo sustituiría a finales de este año el actual celuloide por otro más competitivo y de similares características. Kodak dejó de producir el Super 8 sonoro, un formato que tenía más que amortizado y para cuya venta utilizaba su red de distribución de películas de fotografía, por culpa de una regulación gubernamental. La EPA (Agencia de Protección del Medio Ambiente de los EE.UU.) exigió a la empresa de Rochester un cambio en la emulsión que la firma americana utilizaba para pegar la banda de sonido a la película debido a potenciales daños medioambientales. El enorme coste que hubiese exigido la investigación de un nuevo sistema de pegado unido al lento pero claro retroceso que experimentaba la demanda de películas de cine frente a la expansión del video, aconsejó a Kodak dejar de producir contra su voluntad el histórico formato Super 8 sonoro.

También en el caso del cine podemos observar como la acción empresarial de los individuos crea bienes y servicios que satisfacen al consumidor usando el mínimo posible de recursos escasos mientras que las agencias gubernamentales se dedican a destruir irresponsablemente por otro lado. Los activistas en defensa del Super 8 aprovecharían infinitamente mejor el tiempo con un ligero cambio de dirección en su táctica: enviando sus cartas de enérgicas protestas y exigencias varias a los burócratas de la EPA en vez de a los directivos de Kodak.

Publicado originalmente en Juan de Mariana. Con conocimiento de su autor

 

 

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