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10/04/2005 - CanariasLiberal.org
Los progres ante Juan Pablo II

Aportación del Partido Popular canario y Presidente del Cabildo Insular de Gran Canaria al debate sobre las referencias al capitalismo de las encíclicas de Juan Pablo II y su importante participación en la caída del sistema comunista.

Artículo cedido


Los progres ante Juan Pablo II

El que Juan Pablo II deja es, decididamente, un mundo mejor. En él, la dignidad humana asoma por encima de la naturaleza absoluta y de la razón absoluta. Entre el salvaje y el número, se alza la persona humana, alguien irrepetible, creado más allá de nosotros y que no nos pertenece. La persona es única e insustituible. El Papa de la alegría ha dado testimonio de ese prodigio, que creíamos perdido, después de dos grandes guerras, después del nazismo y del comunismo. Es cierto: el Mal sigue aquí, pegado al suelo. Pero hoy sabemos que no es invencible. Es cierto: la Historia no ha terminado, contrariamente a lo que se proclamó tras la caída del Muro -un Muro que el optimismo y la determinación de grandes personajes como Woytila ayudaron a derribar-. Pero, después de Juan Pablo II, el progreso es ya inseparable de la dignidad individual. Es cierto: la pobreza, el terrorismo, la tiranía, la enfermedad y la ignorancia son los viejos y los nuevos enemigos a derrotar. Pero hoy sabemos que conseguirlo está al alcance de una Humanidad que conoce el valor de la libertad, precisamente porque una generación entera la despreció y la siguiente ha tenido el coraje de rescatarla.

La verdad, la esperanza y la reconciliación son una aventura compartida por más personas que hace 26 años, cuando Woytila fue elegido Romano Pontífice. El reconocimiento institucional de España, tras el fallecimiento de Juan Pablo II, no se corresponde con la trascendencia histórica de su legado ni con el protagonismo de nuestro país en la difusión universal de los valores cristianos.

Tampoco hace justicia a la predilección del difunto Papa por España, un país que visitó en cinco ocasiones. La cicatera administración del luto oficial por el Gobierno ha sido literalmente arrollada por las muestras populares de condolencia. El laicismo agresivo, la negación obstinada de los valores en los que se basa nuestra forma de vida y el artificio de una modernidad sin Dios pero con Estado no parece que hayan calado en la gente sencilla.

El homenaje y la devoción a Juan Pablo II de millones de personas en todo el mundo, y particularmente en España, han tenido la fuerza de un tsunami arrasando las frágiles urbanizaciones de la moral política dominante en nuestro tiempo, la moral de la corrección y el consenso a costa de la Verdad; la de la banalización de la muerte y la mala prensa de toda pregunta incómoda sobre el ser humano.

El Papa que tanto amó a España merecía algo más que un simple día de luto oficial y el clamoroso silencio del presidente del Gobierno. El decálogo progre no deja de acumular errores cuando trata de pastorear a las personas por el redil de lo políticamente correcto. No hay más que ver en qué ha convertido Televisión Española a Juan Pablo II: en el Papa de la paz, el amor y la justicia social. Lugares comunes que nada dicen y en nada comprometen la verdad, una verdad incómoda que la izquierda ha intentado enmascarar sin descanso, porque cuestiona todo su discurso.

El improvisado panegírico de la izquierda no se compadece con lo que sus portavoces han venido diciendo de Juan Pablo II durante los 26 años de su Pontificado, a saber: que ha sido un Papa reaccionario y pre-conciliar, el Papa que ha reprimido la Teología de la Liberación, presentada hasta ayer como un paradigma de modernidad religiosa y de justicia social; el Papa cerril a la liberación sexual, el aborto, la eutanasia y la democratización de la Iglesia, como si la Iglesia erigida por Pedro hace 2.000 años fuera un partido político que puede cambiar de discurso en función de por dónde sople el viento de la conveniencia temporal y del consenso mediático.

Toda esta doctrina del descrédito es la que han propagado quienes hoy honran hipócritamente a Juan Pablo II, desde un tirano sanguinario como Castro a un representante de la teocracia medieval y fanática como Jatami.

Arrastrado por la arrolladora corriente de fervor popular que ha mirado hacia Roma en estos últimos días, el Gobierno ha tenido que improvisar en Televisión Española una vigilia de circunstancias, que no hace justicia porque nada dice. Y es que Juan Pablo II no es sólo el Papa de la justicia social, sino el Papa que liberó a Europa de la siniestra esclavitud soviética ante la que la izquierda, hoy triunfal en los medios y la Academia, tuvo y sigue teniendo una actitud apaciguadora y cobarde, hoy como ayer, en Vietnam y en Bosnia, en Cuba y en Polonia.

No es sólo el Papa de la paz que se opuso a la guerra de Irak, sino también uno de los líderes planetarios que con mayor firmeza y claridad han condenado el terrorismo, frente al cual, no pocos gobernantes que se declaran pacifistas ofrecen como única respuesta una sociedad multicultural y una "alianza de civilizaciones". Y, en fin, Juan Pablo II es el Papa que ha predicado no sólo el Evangelio, sino una forma de vida, la nuestra, que hunde sus raíces en la experiencia de Jesucristo.

"¿Podrá acaso decirse" -escribe Juan Pablo II en su célebre encíclica Centesimus Annus, publicada en mayo de 1991-, que, después del fracaso del comunismo, el capitalismo es el sistema social vencedor, y que debería ser la meta de los países que en la actualidad se esfuerzan por reconstruir sus economías y sociedades?"

"Huelga decir que la respuesta es compleja. Si se entiende por capitalismo un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo del comercio, el mercado, la propiedad privada y la consiguiente responsabilidad sobre los medios de producción, así como una creatividad humana libre en el sector económico, la respuesta ciertamente será afirmativa, aunque fuera quizá más acertado hablar de economía comercial, economía de mercado o economía libre. Ahora bien, si por capitalismo se entiende un sistema donde la libertad del sector económico no queda contenida por un marco jurídico firme que la coloque al servicio de la libertad humana en su totalidad y la concibe como un aspecto particular de esa libertad, el meollo de la cual es ético y religioso, entonces la respuesta será claramente negativa".

Creo que estas líneas condensan, en buena medida, el legado social de Juan Pablo II. Una doctrina que sigue incomodando a los progres, porque descansa en la idea de la dignidad de cada ser humano, inseparable de la confianza inagotable en su libertad personal

 

 

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